el canto de las tortugas
Desde bien pequeño, siempre me ha interesado la comunicación con los animales. No sé. Siempre he pensado que el mundo se componía básicamente de dos tipos de personas: aquellas que amaban a los animales y aquellas que los odiaban. Para mí esas categorías encerraban toda una forma de ser y de vivir. De un lado, aquellos que respetábamos el mundo animal; los que nos sorprendíamos por el comportamiento de un perro, los que hubiéramos hecho cualquier cosa por salvar un pájaro caído de la rama, los que nos quedábamos admirando el pez en el estanque. De otro, aquellos que los malutilizaban: los que, diciendo amarlos, les pegaban un tiro o los acuchillaban y luego les cortaban las dos orejas. Los que los maltrataban. Los que los convertían en rehenes y prisioneros de un mundo tan dantesco como el del circo.Leí hace tiempo el canto de las tortugas de Javier Tomeo y me impresionó su ironía. Su héroe, un hombre cansado de las historias anodinas de la ciudad y de cruzarse sin comunicarse con ninguna de las personas que en ella habitaban como ratas, marcando su territorio y chafándose las unas a las otras,se marcha a una aldea rural, al campo, a vivir una primavera que no encuentra en otra parte. Y allí habla con los animales, a los que considera sus amigos. En el pueblo todos se creen que está loco, o que es tan lúcido que ha llegado a un punto de comunicación vetado para las mentes más pobres, pero el caso es que revoluciona con sus rarezas la vida en la aldea. A pesar de todo, el héroe de Tomeo es, en definitiva, una persona sensible, un ser humano respetuoso y, por ello, digno de consideración.Escuché el otro día a un obispo criticando y riéndose de el proyecto gran simio, que acaba de publicitar el gobierno para defender y reconocer los derechos de estos animales tan parecidos a nosotros. Le escuché criticando con una altivez inaceptable que se quisiera ahora dotar de derechos a los primates. Le faltó decir lo que pensaba: "lo que faltaba. Primero los homosexuales. Ahora los monos". Lo escuché y pensé lo que pensaba de pequeño: en el mundo hay dos tipos de personas...
nos han dado la tierra
En otro de los magistrales relatos de El llano en llamas, de Juan Rulfo, cuatro amigos recorren un enorme llano desértico y sin vida que les ha concedido el gobierno para que lo trabajen. Pero allí no hay nada ni posibilidad de que nada crezca con vida: es una tierra baldía, yerma, muerta. Un día llega el delegado del gobierno y les dice: "están ustedes de suerte. El gobierno les ha concedido toda esta tierra. No sé que van a hacer ustedes con tanto terreno". Y ellos se quedan mirando la inmensidad del llano. Y contestan: pero si aquí nunca llueve. Si acá no puede haber vida por ningún sitio. Pero el delegado del gobierno les pega una palmadita en la espalda y les dice: pero y si se pone a llover y no para, eh. Acá ustedes pueden tener hasta un pantano. Pero allá nunca llueve.Así que los cuatro amigos recorren a pie el llano infinito. Es como una travesía por el desierto. Al principio tratan de hacer planes: acá podíamos correr yeguas, acá podríamos plantar maíz. Pero cuando se van dando cuenta de que el paisaje no cambia, de que el aire es seco y el calor no lo soportan ni las lagartijas, se quedan andando permanentemente sin hablar. Esa es la tierra que les han dado. Y no sirve ni para caerse muertos.Ayer hizo veinte años de la catástrofe de Chernobil y me acordé de este relato de Rulfo. A nosotros la tierra que nos han dado no se parecía a la del llano eterno que describe el escritor Mexicano. Pero, a fuerza de machacarla, estamos haciendo que se parezca. A nosotros nos dieron un vergel donde corría el agua, donde las montañas tenían nieve en las puntas y donde los valles estaban repletos de árboles. Y mira lo que estamos haciendo. A veces, en este país nuestro en el que nos empeñamos en arrasar para construir y en crear campos de golf aunque nos muramos de sed, el paisaje se parece demasiado al de nos han dado la tierra. Lo triste es que acá no era esa la tierra que nos habían dado.
ensayo sobre la ceguera
He tenido que repasar todas las entradas de mi blog para asegurarme de que no me repetía, que no había nombrado, en mis reflexiones casi diarias, la fenomenal novela de Saramago. Es extraño. A veces sucede que, como uno piensa más de lo que escribe, se cree que ya ha hablado de algo y no. Fue en mis sueños de escritor. Así que hoy le toca el turno a una novela diferente y ejemplar, escrita con la magia del autodidacta y planteada como una historia irreal, pero demasiado posible. Demasiado cruda. Tanto, que hoy cobra de nuevo sentido. Como tantos otros días.De pronto, en mitad de un atasco de tráfico en la gran ciudad, un conductor desesperado se queda ciego. La cosa no quedaría más que en una anécdota y en un follón monumental si no fuera porque, poco a poco, en otros lugares de la ciudad, la epidemia se extiende sin conexión aparente y cientos de ciudadanos van perdiendo la capacidad de ver. Las autoridades, al principio, tratan de aislar el problema y, tal y como contaban que hacían con los leprosos cuando los metían en islas, encierran a los ciegos en un viejo hospital. Pero pronto comienzan a haber más ciegos fuera que dentro, y la ciudad se convierte en un peregrinar de gente sin luz, en unas tinieblas donde, unos van detrás de la manada sin saber qué hacer ante su imposibilidad de ver, y otros, los más espabilados, se aprovechan vilmente de la ceguera de los demás para matar, extorsionar, robar alimentos y enriquecerse, aunque el dinero, en un mundo de ciegos, ha perdido todo su valor.Ensayo sobre la ceguera resulta edificante y actual por las dos actitudes contadas en la novela: los unos, por seguir al rebaño sin plantearse siquiera su capacidad de ver. Cuánta gente ha firmado para que España no se rompa contra el estatut catalán, sin saber lo que hacía; por lo que firmaba el vecino; sin conocer qué era lo que se estaba planteando en realidad. Parece mentira: cuando alguien recoje firmas contra algo, la gente se lanza a firmar sin dar importancia a su capacidad de ser. La firma es algo intransferible. Algo personal. Es la identidad de uno. ¿Cuánta gente no la tiene, no la valora ni quiere ejercerla?. Le ponen delante un papel, y firman. Y ya está. Hasta ahí llega su ceguera. Su concepción de sí mismo.Pero peor son los otros. Aquellos que no ven pero hacen como si vieran. Aquellos que aprovechan su situación de privilegio para engañar a los demás, para aprovecharse de ellos, para conseguir poder y enriquecerse. Siempre es lo mismo. Los ciegos y los que dominan a los ciegos. El poder y el dinero. Los valores de quienes lo quieren conseguir a costa de lo que sea. A esos no les importa que la gente no vea. Así mejor. La oscuridad y las tinieblas son el territorio por donde mejor se menean. Y a quien enciende la luz quieren cortarle la mano y las ganas de seguir intentándolo.
la dama o el tigre
Mi amigo román y yo hemos pasado grandes momentos leyendo y discutiendo sobre los problemas lógicos que plantea el genial Raymond Smullyan en la dama o el tigre. En ellos, a través de varios capítulos, nos encontramos con situaciones como la de un vigilante que siempre dice la mentira. Frente a él hay dos puertas. Tras una se esconde una bella dama. Tras la otra, el tigre, y con él, una muerte segura. Se trata, mediante una pregunta, de descubrir por qué puerta debemos pasar. Pero la actitud del vigilante nunca varía: siempre dice la mentira para confundirnos y que muramos.El libro de Smullyan evoluciona: en otro capítulo estás en una isla. En ella, todos los habitantes de una tribu concreta viven instalados en la mentira perpetua. Hay otros que dicen la verdad siempre. Pero el visitante que atraca en ella no puede distinguirlos a simple vista, y ha de ir averiguando las trampas que le ponen a través de las preguntas adecuadas. Se trata de sobrevivir mediante la lógica.Cada vez que salen Zaplana o Acebes cuestionando la investigación del 11 M y haciendo creer aún que hay una conexión entre los que cometieron esa barbarie de Madrid y ETA me acuerdo de los vigilantes y carceleros de la dama o el tigre. Aunque no sé qué rey les mandó vigilar las puertas del bien y del mal, precisamente a ellos. Desde aquella época, como en el libro de lógica de Smullyan, la cosa ha ido evolucionando. Ahora ya no mienten el carcelero y el vigilante. Ahora es toda la tribu la que vive instalada en la mentira perpetua. Y como el conejito de Duracell, siguen y siguen con el mismo tema. Decía el otro día Felipe González que no se explica cómo, aquí que han sido juzgados y procesados más de treinta islamistas radicales como autores de la masacre de l 11 M, se cuestiona la labor policial y la de la justicia, y en EEUU, donde sólo ha habido hasta el momento un imputado con dos años más de investigación desde el 11 S, nadie pone en cuestión esa labor. Yo, como en los libros de lógica tengo la respuesta: en esta isla hay una tribu que miente siempre y que trata de engañarnos para que entremos por la puerta tras la que nos va a comer el tigre.
matar a un ruiseñor
En la fantástica y llena de sensibilidad novela de Harper Lee, vemos, otra vez a través de los ojos de una niña, Scout, el desenlace de una historia personal injusta y llena de prejuicios: la persecución de toda la comunidad blanca de un pueblecito a un ciudadano negro y pobre que es acusado injustamente de violación. Es una novela sobre la injusticia, una fábula sobre los desencuentros, una historia sobre cómo el hombre, escondido entre la masa de los demás hombres, es capaz de condenar a otro y de humillarlo, de echarle la culpa de todos los males y de convertirlo en una víctima más del sistema.Buscar, entre el algaravío de la muchedumbre, al culpable de las desgracias colectivas, focalizar la ira y la frustración de los otros en una sola persona, que, por el motivo que sea, no se puede defender, es una costumbre demasiado extendida en la vida pública y en la política de hoy en día.Ayer tenía la nostalgia del regreso. Hoy escucho con terror cómo un cargo público del partido popular trata de culpabilizar, de una manera u otra, al ministro del interior por la desgraciadas ciento ocho muertes esta semana santa en accidentes de tráfico.Como decía Harper Lee, como practicaba su eterno personaje Atticus Finch, perseguir a alguien sin sentido, por el motivo que sea; esconderse en la desgracia ajena para atacar al otro, es como matar a un riuseñor. No hay mayor barbaridad entre la barbarie.
quiero creer que estoy volviendo
Lo siento. Para mi regreso de vacaciones -siempre lleno de nostalgia- no he encontrado nada mejor que deciros que este sublime poema de benedetti. Vale la pena pensarlo. Así me siento.quiero creer que estoy volviendovuelvo/quiero creer que estoy volviendocon mi peor y mi mejor historiaconozco este camino de memoriapero igual me sorprendohay tanto siempre que no llega nuncatanta osadía tanta paz dispersatanta luz que era sombra y viceversay tanta vida truncavuelvo y pido perdón por la tardanzase debe a que hice muchos borradoresme quedan dos o tres viejos rencoresy sólo una confianzareparto mi experiencia a domicilioy cada abrazo es una recompensapero me queda / y no siento vergüenzanostalgia del exilioen qué momento consiguió la genteabrir de nuevo lo que no se olvidala madriguera linda que es la vidaculpable o inocentevuelvo y se distribuyen mi jornadalas manos que recobro y las que dejovuelvo a tener un rostro en el espejoy encuentro mi miradapropios y ajenos vienen en mi ayudapreguntan las preguntas que uno sueñacruzo silbando por el santo y señay el puente de la dudame fui menos mortal de lo que vengoustedes estuvieron / yo no estuvepor eso en este cielo hay una nubey es todo lo que tengotira y afloja entre lo que se añoray el fuego propio y la ceniza ajenay el entusiasmo pobre y la condenaque no nos sirve ahoravuelvo de buen talante y buena ganase fueron las arrugas de mi ceñopor fin puedo creer en lo que sueñoestoy en mi ventananosotros mantuvimos nuestras vocesustedes van curando sus heridasempiezo a comprender las bienvenidasmejor que los adiosesvuelvo con la esperanza abrumadoray los fantasmas que llevé conmigoy el arrabal de todos y el amigoque estaba y no está ahoratodos estamos rotos pero enterosdiezmados por perdones y resabiosun poco más gastados y más sabiosmás viejos y sincerosvuelvo sin duelo y ha llovido tantoen mi ausencia en mis calles en mi mundoque me pierdo en los nombres y confundola lluvia con el llantovuelvo / quiero creer que estoy volviendocon mi peor y mi mejor historiaconozco este camino de memoriapero igual me sorprendo
drácula
"Estimado amigo: le espero con impaciencia". La carta del conde Drácula al prometido de su amor eterno, Mina -su Elisabettha-, Jonathan Harker, no sería tan estremecedora si no supiéramos que el conde llevaba siglos esperando noticias de la reencarnación de su amada. Así, después de cuatrocientos años entre las sombras, en la soledad de su vida eterna, Drácula escribe -por fin- a Harker porque -por fin de nuevo- ha llegado su momento, el esperado tiempo en que ha de reencontrarse con su enamorada. Por eso, después de tantos años, espera con impaciencia; después de haber tenido la paciencia infinita de esperar, Drácula se desespera.Las cosas ocurren así. Para conseguir grandes logros uno ha de saber esperar sin desesperanza. Ha de saber medir bien los tiempos. Primero, aguantar las críticas de quienes, creyendo que las grandes gestas se pueden conseguir en un día, se lanzan a la feroz tarea de tratar de minar la moral de quien lucha. Después uno ha de pelear contra el hastío, contra la desesperanza y contra la falta de fe en la consecución de su fin. Y ha de saber transmitir esa fuerza de la espera a su equipo. Esperamos para aprender. Para prepararnos a lo que ha de llegar. Para que las cosas estén en su sitio exacto.Por eso, cuando estamos cerca del objetivo final, es normal que desesperemos. Un escalofrío de nervios recorre nuestro estómago. Un viento cálido eriza nuestra piel. Es la ilusión por la cercanía del triunfo. Porque ya hemos visto el banderín de meta. Porque ya escuchamos la respiración cerca de nuestra amada. Porque sabemos que ha llegado nuestro momento. Esperamos con impaciencia. Como Drácula después de siglos en la oscuridad absoluta.
una cuestión personal
Cuenta Kenzaburo Oé que comenzó a escribir ante la necesidad de describir el sufrimiento de un pez en el anzuelo. Ante la vista repetida del dolor que sentía un pez al ser atrapado por un pescador, en sus movimientos infructuosos por deshacerse de su trampa mortal y su incapacidad de respirar fuera del agua, el autor japonés no tuvo más remedio que describir la barbarie, intentar dar voz al sufrimiento callado, ofrecer su capacidad de comunicar a aquellos que no la tenían. Aunque fueran peces.Áños más tarde, y debido al fatal desenlace del nacimiento de su hijo, al que una operación de urgencia nada más nacer le trastocó el cerebro y le provocó una grave minusvalía psíquica, Kenzaburo Oé marchó a Hirosima, para buscar en el dolor de todo un pueblo y en los resquicios del drama una explicación al dolor que él sentía. Y, cuenta, regresó de Hirosima convencido de que sólo la lucha diaria y la comunicación íntima con su querido hijo, acabarían con su dolor.La actitud vital del nobel japonés, y su empatía con los desfavorecidos y aquellos que no tienen voz, contrasta con la actitud que observamos todos los días en nuestro mundo. Aquí, el que no tiene derecho a hablar es aplastado por los demás, es ninguneado, olvidado y denostado. Aquí nadie se pone en el lugar del otro. Nadie sufre con el dolor del más débil.Quizá haga falta que ocurra algo extraordinario para que todos comencemos a adoptar la sensibilidad del escritor, la necesidad de escuchar o tratar de escuchar a aquellos que no tienen voz. La necesidad de contemplar el dolor de los demás y saber que, parte de nuestra riqueza y de nuestra felicidad, es parte de la pobreza y la desdicha de otros. Y no podemos quedarnos sentados mirando hacia el otro lado.
el evangelio de judas
Ahora lo entiendo todo. He leído que gracias a National Geographic se ha desmenuzado el evangelio de judas y que resulta que no era un traidor, sino que actuó de buena fe bajo mandato divino. Cuentan las crónicas de dicha investigación que Judas denunció a Jesús porque éste le pidió que lo denunciara, él que era su mejor apóstol y hombre de confianza, para que Jesús abandonara crucificado su equipaje de humano para subir así a los cielos. De esta manera nos han dado la vuelta a la historia, así que ahora lo entiendo todo. Cuando Aznar dio aquella conferencia en la universidad de Georgetown en ese inglés chicano para decir que en España llevábamos luchando contra el terrorismo de los moros desde los reyes católicos; cuando se sentó en el sofá junto a Bush, con los pies encima de la mesa, para después apretar el botón de la guerra y matar a miles de inocentes, no es que fuera un sádico. Es que, empujado por una voz del más allá, como Judas, obró como hombre de estado mundial por estricto mandato divino. Y, dentro de poco, el evangelio de Urdaci, o el de Jiménez Losantos, volverán a explicarlo todo y pondrán las cosas en su sitio: Aznar era un enviado. Sólo que el dios que le envió no será el mismo que el mío.
las indias negras
De todas las novelas del visionario Jules Verne, la que más me gustó siempre fue una poco conocida, las indias negras. En ella, el genial escritor describía un mundo subterráneo ajeno a la luz, húmedo, desconocido y peligroso. En él vivían unos seres intraterrestres que trajinaban lejos de los ojos de los humanos, y sólo los mineros, en la oscuridad y el silencio de sus túneles, tenían sospechas de que existían. De vez en cuando, por cualquier motivo, se hacían presentes en nuestro mundo, pero aquellos que los veían corrían el riesgo de ser arrastrados hasta las entrañas de su territorio en el subsuelo.Con todo el follón este lamentable de la mafia de Marbella corremos el grave peligro de llegar a pensar que en todas partes se cuecen igual las habas. Que no hay político bueno ni constructor honrrado, ni secretario de Ayuntamiento ni técnicos que se dediquen simplemente a hacer bien su trabajo. Y, sin embargo, para mí lo de Marbella es como lo de las indias negras; un subsuelo de seres resbaladizos y ajenos a nuestro mundo, con la cara dura y el poco gusto de meter animales disecados hasta en el guardarropa de casa. Pero eso no quiere decir que toda nuestra vida política ni empresarial esté manchada por la misma lacra. Que los túneles de ese submundo son largos, intrincados y laberínticos, estoy seguro. Que pueden llegar, por ejemplo, hasta Orihuela o Torrevieja, también. Que los mineros que trabajaban al lado tenían fundadas sospechas de la existencia de esos seres, no me cabe la menor duda. Y el caso es que en Marbella, como en la novela de Verne, los intraterrestres herederos de Gil han asomado muchas veces la cabeza. Su existencia era un secreto a voces. Aunque nadie sabía que sus movimientos fueran tan exagerados y cutres.Pero no seamos cínicos: hubo un tiempo en el que esos subseres estaban bien considerados por la sociedad. Recuerdo a Jesús Gil, cual Robur el conquistador -por no salirme de Verne- tumbado con su panza en una piscina rodeado de despanpanantes mujeres a las que, creo, luego llevaría hasta su submundo. Y muchos le reían la gracia. Ahora, gracais a las fuerzas de seguridad hemos entrado en las minas, se ha hecho la luz, y nos hemos acongojado de ver esos túneles llenos de obras de arte y de animales disecados. Pero no. No en todas partes existen las indias negras.
ilona llega con la lluvia
Curiosamente, desde que inicié este diario, nunca había escrito sobre las historias de éste que le da nombre, maqroll el gaviero. Las aventuras de este apátrida, de este ciudadano del mundo o, mejor dicho, ciudadano del mar; las desventuras de este ser solitario y soñador, emprendedor y melancólico, tienen, como todo en la vida, sus momentos buenos y sus momentos malos. Y en los peores momentos, cuando llueve, cuando amenaza tormenta en el puerto que sea, en el lugar del mundo que sea, siempre aparece Ilona.Ilona es la mejor amiga de maqroll, y por eso siempre llega con la lluvia. Los amigos están para eso. Quien tiene un amigo tiene un ángel de la guarda, alguien que comparte sus sueños, sus esperanzas, sus decepciones y sus desesperos. Alguien que se preocupa por ti. Por las mañanas, cuando bajo al garaje antes que mi mujer y mi amiga, desde el último piso, me encargo de volver a mandar el ascensor para arriba para que ella no tenga que esperarlo cuando salga, cinco minutos después toda cargada, de casa. Es un gesto sin importancia que nunca le he dicho, ni pienso decirle. Pero supongo que, con esos pequeños detalles como no tener que esperar cargada al ascensor, le estoy facilitando la vida. Los amigos son así. Muchas veces no sabes ni el gesto que han hecho para que tu vida sea más fácil, más cómoda, mejor. Nunca sabes cuándo han velado tus sueños. Pero siempre están ahí, incluso lejos, atentos a tus idas y a tus vueltas, dispuestos a ayudarte cuando vean que no puedes más. Y cuando llueve, de pronto, aparecen como Ilona. Decía Serrat que está convencido de que todos tenemos un ángel de la guarda. Yo creo que se refería a esos grandes amigos que, como Ilona, siempre aparecen cuando está lloviendo.
la sombra del viento
Las calles de la Barcelona que nos describe la sombra del viento tienen una luz diferente y especial: ellas son testigo mudo de muchas de las cosas importantes de la novela. Podemos olerlas, escuchar los pasos de alguien que se acerca por la noche, perdernos en su bruma, contemplar el beso de aquella pareja en el banco de la plaza. De hecho, uno de los personajes más lúcidos de la genial historia de Ruiz Zafón, Fermín Romero de Torres, sale de la calle, vive en la calle, ha aprendido de la calle. Es un mendigo sabio al que su historia le ha llevado hasta su lugar en los soportales. Y tiene muchas cosas que contar.Me ha venido esto al pensamiento haciendo una reflexión sobre los mendigos. Cuando yo era pequeño, les tenía miedo: eran personas apagadas y oscuras, que sobrevivían a los avatares del mundo, expuestos al frío, a la lluvia y a los peligros que nos acechan tras cualquier esquina sin siquiera inmutarse. No tenían nada que perder. Una de las características del miedo es que uno teme al que piensa que no lo tiene. En Kenia, los Masai Mara transitan entre la sabana con sus largos y vistosos trajes rojos. Si les preguntas si no tienen miedo de que les salga un león, ellos dicen que van de rojo para advertir a los leones de que el miedo lo deben tener ellos. Y los leones les temen. Pues algo así pasaba para mí con los mendigos.Ruiz Zafón profundiza sobre ellos a través de su personaje con nombre de torero: los mendigos no crecen en las aceras por generación espontánea, sino que tienen una historia detrás. Antes tuvieron familia, construyeron sus sueños e incluso se llegaron a enamorar. Y es así como se recupera a Fermín Romero de Torres para la vida corriente. La nuestra.Parece una obviedad, pero estoy convencido que, la sombra del viento aparte, pocas veces nos damos cuenta de las historias que existen detrás de la gente que vive en la calle. A mí, de pequeño, me daban miedo. Pero es que a la juventud de ahora los mendigos les dan risa, les molestan. Creyentes de que no tienen historia detrás ni nadie que les reclame ni les eche en falta, los adolescentes de ahora se divierten, tras el botellón, prendiéndoles fuego o pegándoles palizas para grabarlas con el móvil de última generación. Si supieran cuántos Fermín Romero de Torres se encuentran detrás de esas mantas roídas y esas cajas de cartón que les protejen del viento, quizás les tendrían un poco más de respeto. Si aprendiéramos a ver la historia que hay detrás de las cosas, el mundo no sería tal y como es, sino como debería ser.