la historia interminable
Siempre he pensado que el mundo estaba dividido en dos tipos de personas: aquellos que amamos a los animales y aquellos que no los respetan, que se creen superiores, aquellos a los que no les afecta ver morir a un pájaro. Cuando era pequeño me fascinaban las historias de aquel país llamado Fantasía, de la Historia Interminable de Michael Ende, pero recuerdo que había una escena que me sobrecogía siempre. Cada vez que la leía no podía dejar de llorar; era aquella escena en la que Atreyu perdía a su caballo y amigo Artax en el pantano de la tristeza. La sensibilidad con la que el héroe de la novela intentaba salvar a su amigo era maravillosa, y el final de la escena te dejaba en una angustia que no te permitía seguir leyendo con facilidad: sabías que en las siguientes páginas de la novela, Artax ya no estaría, y te embargaba una sensación de vacío similar a las que nos deja la muerte.
Nunca he comprendido qué mecanismos tenemos que nos hacen recuperarnos siempre de cada pérdida, que nos hacen seguir la novela hasta el final. No sé con qué esperanzas nos aferramos a la vida cada día para seguir; aunque nuestro amigo ya no esté, aunque sólo nos acompañe en el recuerdo. Ha habido veces, incluso, que he detestado ese afán innato de supervivencia que nos hace superar aquel pantano de la tristeza, aquel vacío. Aunque supongo que en el fondo habrá alguna razón. O tal vez no: uno se empeña siempre en buscarle razones a las cosas.
Ayer atropellaron a chiquitín y me ha dado tanta rabia la injusticia que se me han vuelto a quitar las ganas de seguir leyendo. Uno cerraría el libro y esperaría, al menos, a que todos los animales del mundo hicieran la huelga contra las autopistas, hartos de morir aplastados por nuestras prisas, por nuestra ceguera y por la indeferencia de algunos que forman la parte del mundo que menos me gusta.
Nunca he comprendido qué mecanismos tenemos que nos hacen recuperarnos siempre de cada pérdida, que nos hacen seguir la novela hasta el final. No sé con qué esperanzas nos aferramos a la vida cada día para seguir; aunque nuestro amigo ya no esté, aunque sólo nos acompañe en el recuerdo. Ha habido veces, incluso, que he detestado ese afán innato de supervivencia que nos hace superar aquel pantano de la tristeza, aquel vacío. Aunque supongo que en el fondo habrá alguna razón. O tal vez no: uno se empeña siempre en buscarle razones a las cosas.
Ayer atropellaron a chiquitín y me ha dado tanta rabia la injusticia que se me han vuelto a quitar las ganas de seguir leyendo. Uno cerraría el libro y esperaría, al menos, a que todos los animales del mundo hicieran la huelga contra las autopistas, hartos de morir aplastados por nuestras prisas, por nuestra ceguera y por la indeferencia de algunos que forman la parte del mundo que menos me gusta.


1 comentarios:
Antes que nada queremos agradecer tu bello homenaje hacia un amigo/hijo que nos endulzó la vida a todos a quienes tuvimos el enorme privilegio de haberlo conocido.
Todas las palabras del mundo no bastarían para calificar al pequeño ser vivo que nos acompañó los últimos tres años y tres meses de nuestras vidas; pero al menos queremos dejar constancia de que Chiquitín disfrutó de una breve pero feliz vida al lado de otros seres que siempre le quisieron y le dieron su cariño. Su paso por esta vida, lleno de caricias y alicientes, lo quisiéramos para nosotros mismos.
Ahora queda un vacío enorme, un abismo de ausencia inversamente proporcional a su tamaño. Aún buscamos por todas partes los preciosos signos de su compañía; su estridente ladrido al llegar a casa, lleno de desesperación por haberse separado de ti, aunque sólo fuera dos minutos, el ruidito de sus patitas por el parqué, su suave tacto... Pero lo que más echamos de menos es su alegría, esa desbordandente alegría que te contagiaba nada más verle e incluso sólo imaginarlo, fuera lo que fuera lo que te preocupara. Ahora ya no está físicamente con nosotros y su preciosa mamá -no hace falta ser biológica ni siquiera a veces de la misma especie para serlo- está llena de tristeza. Pero la devoción mutua que se tenían no se puede apagar como una vela. Es imposible que ese amor se haya esfumado de repente, porque entonces esta vida apenas tendría sentido.
Desde luego es mucho más arriesgado querer sin reservas; porque ese amor inmenso se convierte en un dolor terrible cuando una de las partes se sale del camino que realizamos en una curva nunca prevista. Pero a pesar de este dolor y del gran vacío, la vida es mucho más grata e intensa si vives en tus propias carnes y sin límite el agridulce juego del amor.
Nadie que alguna vez tuvo la suerte de verle cantar -hasta ahí llegaba su sensibilidad y su singularidad- podrá evitar una sonrisa. Y esa música dulce y a la vez llena de melancolía de sus aulliditos, tiene las mismas notas que nuestra pena. Su ausencia es desgarradora, pero haberlo tenido con nosotros este tiempo ha sido una de las experiencias más hermosas de nuestras vidas que además hemos disfrutado cotidianamente, cada día, cada hora, siempre. A pesar del dolor, ese terrible precio que a veces se cobra la vida, el saldo siempre será positivo.
Solíamos pensar en su simpático rostro cuando algo nos preocupaba; siempre nos reconfortaba. Ahora, recordarlo sólo nos acerca pena. Pero Chiquitín tenía un corazón tan grande que no se merece que quienes más le quisimos utilicemos ahora su recuerdo para martirizarnos. Estoy seguro de que dentro de algún tiempo evocarlo nos alegrará la vida de nuevo. Decir más ahora -con tristeza- no le hace justicia. Él lo hacía todo con muchísima alegría.
Tu simpático recuerdo es lo que debe quedar para siempre en nuestros corazones.
Nunca te olvidaremos.
D y R.
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