martes, mayo 30

guerra y paz

Creo que era en la magna novela de Tolstoi, guerra y paz, en la que se comenzaba con la imagen desoladora del final de la batalla. Un gran valle lleno de muertos, y de cañones volcados, y de caballos relinchando en el suelo, agonizantes. Y un superviviente, maltrecho y malherido, pidiendo ayuda entre los montones de cadáveres y el olor a pólvora y sangre en el aire. Y llegaba el emperador con su séquito, revisando el triste final, paseando por el lugar de la victoria, oteando el horizonte. Esa imagen pulcra, impactante, enorme vista desde el suelo, era la esperanza del superviviente. Han llegado para salvarme. Pero el emperador, desde su altivez, pasaba por el lado del malherido y ni lo veía.
Ayer leí la triste historia del montañero aficionado David Sharp que, tras conquistar el Everest en una gesta solitaria, murió congelado a 800 metros de la cumbre cuando iniciaba el descenso y el regreso a casa. Mucha gente muere intentando realizar la gesta más importante de su vida, aunque la utilidad de la misma sea puesta en duda; esa no es la cuestión más triste de toda esta historia. Lo peor es que, mientras el montañero agonizaba y se congelaba y le fallaba la respiración por falta de oxígeno, cerca de cuarenta montañeros -también aficionados- pasaron por su lado en ascenciones organizadas por agencias de viajes de aventuras y nadie se detuvo a socorrerlo, ni los organizadores de la aventura ni los usuarios de la misma.
Ante tal desoladora noticia, me sobran las metáforas: hoy nos preocupamos tanto de conseguir nuestra meta a costa de lo que sea que no nos detenemos siquiera a mirar al prójimo. Si hay que chafarlo, se le chafa. Y si pide ayuda, no vamos a perder nuestra gloria de la ascensión a la cumbre por pararnos a ayudar a un moribundo. Imagino a los montañeros que sí regresaron contando en casa sus hazañas: "esta es la foto en la cumbre del Everest, esta en la que puse mi banderita. Todo fue bien; la organización de lujo. Al descender vimos a uno que se estaba muriendo el pobrecito. No sé si alguien le sacaría de allí". A David Sharp nadie lo sacó ni le dio oxígeno y murió ante los ojos de los demás en su ascensión sin sentido. Tuvo que ser un Sherpa, un habitante de esas montañas, el que finalmente se acercara a él y le diera su botella de oxígeno. Ya era tarde. El propio Sherpa llamó a la familia para comunicarles el fallecimiento. Su cuerpo sigue allí, congelado a 800 metros de la cumbre. A veces, no entiendo al hombre.

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