tokio blues (norwegian wood )
Aunque aún no he acabado de leer está maravillosa novela del japonés Haruki Murakami, ya siento la necesidad de escribir sobre ella, y, me temo, no será la última vez que lo haga. Tokio blues nos habla de los entresijos de la memoria, de la soledad y del amor imposible. Pero me interesa fundamentalmente el primero de los temas.
Resulta curioso: como le sucede a Watanabe, el adolescente protagonista de la novela, la memoria se empeña a veces en olvidar hechos fundamentales para quedarse con los pequeños detalles, esos que marcan al espíritu y conforman nuestra manera de sentirnos en cada momento. Es como si el alma solapara a la mente, los sentimientos a los sentidos. Cuando Watanabe paseaba con su amor Naoko por esos interminables valles de los alrededores de Tokio, sólo estaba interesado en ella, en sus gestos, en sus palabras. Sin embargo, cuando recuerda la escena años después, en su ausencia, es incapaz de recordar con exactitud su rostro, pero le vienen a la mente detalles en los que antes no había siquiera reparado: ese color de la hierba, ese pozo en la tierra detrás de un matorral, ese ladrido de un perro a lo lejos, el olor del aire.
Uno no sabe qué mecanismos tiene la memoria para recordar, qué vericuetos se siguen por las neuronas en nuestro cerebro, pero es capaz de olvidar lo malo para quedarse con los detalles hermosos que nos hacen la vida más fácil. Al final, Watanabe llega a concluir que el dolor no se cura nunca, pero sí se olvida, porque cuando un detalle, un olor, una canción como el título maravilloso de los Beatles que acompaña al nombre de la novela, nos devuelve la vista atrás, volvemos a sentir el dolor de antes, aunque atenazado por la distancia y el tiempo, que casi hace que se nos olvide todo. Y esta costumbre de olvidar, necesaria supongo para la supervivencia humana, nos puede hacer que no valoremos la realidad en su justa medida.
Yo, que soy sensible a los pequeños detalles, me doy cuenta que, hace tres años España iba bien todos los días, pese a las guerras, pese a las bombas, pese a la sangre, y ahora resulta que, sólo tres años después, España se rompe, sin bombas, sin guerras, sin nada. Lo que no sé es que extraña canción es la que me trae estos recuerdos. Será mi manía de leer El Mundo o escuchar La Cope antes de empezar a trabajar.
Resulta curioso: como le sucede a Watanabe, el adolescente protagonista de la novela, la memoria se empeña a veces en olvidar hechos fundamentales para quedarse con los pequeños detalles, esos que marcan al espíritu y conforman nuestra manera de sentirnos en cada momento. Es como si el alma solapara a la mente, los sentimientos a los sentidos. Cuando Watanabe paseaba con su amor Naoko por esos interminables valles de los alrededores de Tokio, sólo estaba interesado en ella, en sus gestos, en sus palabras. Sin embargo, cuando recuerda la escena años después, en su ausencia, es incapaz de recordar con exactitud su rostro, pero le vienen a la mente detalles en los que antes no había siquiera reparado: ese color de la hierba, ese pozo en la tierra detrás de un matorral, ese ladrido de un perro a lo lejos, el olor del aire.
Uno no sabe qué mecanismos tiene la memoria para recordar, qué vericuetos se siguen por las neuronas en nuestro cerebro, pero es capaz de olvidar lo malo para quedarse con los detalles hermosos que nos hacen la vida más fácil. Al final, Watanabe llega a concluir que el dolor no se cura nunca, pero sí se olvida, porque cuando un detalle, un olor, una canción como el título maravilloso de los Beatles que acompaña al nombre de la novela, nos devuelve la vista atrás, volvemos a sentir el dolor de antes, aunque atenazado por la distancia y el tiempo, que casi hace que se nos olvide todo. Y esta costumbre de olvidar, necesaria supongo para la supervivencia humana, nos puede hacer que no valoremos la realidad en su justa medida.
Yo, que soy sensible a los pequeños detalles, me doy cuenta que, hace tres años España iba bien todos los días, pese a las guerras, pese a las bombas, pese a la sangre, y ahora resulta que, sólo tres años después, España se rompe, sin bombas, sin guerras, sin nada. Lo que no sé es que extraña canción es la que me trae estos recuerdos. Será mi manía de leer El Mundo o escuchar La Cope antes de empezar a trabajar.


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