la madre
Mis recuerdos sobre esta revolucionaria novela de Maximo Gorki son vagos e imprecisos, pues hace tiempo que la leí, pero parte de un detalle, sin embargo, que no he podido olvidar. En esta historia de la lucha proletaria y el sueño comunista de la rusia de principios de siglo XX, la madre del joven revolucionario acusado de insurrección, ante la muerte de éste, y para evitar que las autoridades confirmen la realidad de que era él el que distribuía los panfletos contra el régimen establecido, comienza su particular revolución: se pone ella a repartir panfletos y soflamas revolucionarias. Si una vez mi hijo ya no está, continúan apareciendo los panfletos que él repartía, quedará libre de toda culpa, pues pensarán que no debía de ser él el instigador, viene a pensar su madre. Y se lanza en una revolución más importante que la que comenzó su hijo. A la revolución ideológica de las proclamas que reparte, se une la rebelión de una madre por querer mantener impoluta la reputación de su hijo, pese a que está muerto.
He pensado muchas veces en esta reacción, que sólo es imaginable en el amor que una madre puede sentir por su hijo. Al hijo se le perdona todo, se le tapa todo y todo en él se comprende. Es uno de los mecanismos extraños que tiene el amor de verdad: hace que justifiques y entiendas las razones del otro, por muy inexplicables que parezcan. Es, además, algo loable. De hecho, si todos nos quisiéramos un poquito más, si supiéramos ponernos como la madre en la piel del otro, aunque sólo fuera un instante, las cosas funcionarían seguramente mejor de lo que funcionan. Aunque eso parece una utopía difícil de imaginar.
Sorprenden, sin embargo, los que adoptan la postura radicalmente contraria a la de la madre: aquellos que, cuando la acción viene del adversario, del que piensa diferente a él, está mal pase lo que pase. Aquellos que condenan al oponente aunque ya no esté. Aquellos que, se oponen a toda idea o proposición que surja del que considera que está enfrente.
Estos días que se celebraba el día de la madre he pensado bastante en la novela de Gorki, pero no por el amor más allá de todo razonamiento que puede una madre sentir por su hijo, sino por la cantidad de gente que adopta la posición absolutamente contraria. Los juicios de valor sobre la toma de posición de Evo Morales, apoyado por más de un 85 % de la población; la persecución a los agentes de la autoridad que actuaron ante el linchamiento que pretendían dos manifestantes contra el ministro Bono, al que trataron de agredir por la calle; la complacencia y el silencio ante los escándalos financieros y de corrupción de Zaplana, por poner sólo tres ejemplos de lo que está sucediendo hoy en día, no vienen sino a poner el acento en las enormes injusticias que cometemos cuando juzgamos al otro. Los míos, todo bien, hasta las bombas. Los otros, unos irresponsables, ante los intentos de conseguir un poco de paz.
He pensado muchas veces en esta reacción, que sólo es imaginable en el amor que una madre puede sentir por su hijo. Al hijo se le perdona todo, se le tapa todo y todo en él se comprende. Es uno de los mecanismos extraños que tiene el amor de verdad: hace que justifiques y entiendas las razones del otro, por muy inexplicables que parezcan. Es, además, algo loable. De hecho, si todos nos quisiéramos un poquito más, si supiéramos ponernos como la madre en la piel del otro, aunque sólo fuera un instante, las cosas funcionarían seguramente mejor de lo que funcionan. Aunque eso parece una utopía difícil de imaginar.
Sorprenden, sin embargo, los que adoptan la postura radicalmente contraria a la de la madre: aquellos que, cuando la acción viene del adversario, del que piensa diferente a él, está mal pase lo que pase. Aquellos que condenan al oponente aunque ya no esté. Aquellos que, se oponen a toda idea o proposición que surja del que considera que está enfrente.
Estos días que se celebraba el día de la madre he pensado bastante en la novela de Gorki, pero no por el amor más allá de todo razonamiento que puede una madre sentir por su hijo, sino por la cantidad de gente que adopta la posición absolutamente contraria. Los juicios de valor sobre la toma de posición de Evo Morales, apoyado por más de un 85 % de la población; la persecución a los agentes de la autoridad que actuaron ante el linchamiento que pretendían dos manifestantes contra el ministro Bono, al que trataron de agredir por la calle; la complacencia y el silencio ante los escándalos financieros y de corrupción de Zaplana, por poner sólo tres ejemplos de lo que está sucediendo hoy en día, no vienen sino a poner el acento en las enormes injusticias que cometemos cuando juzgamos al otro. Los míos, todo bien, hasta las bombas. Los otros, unos irresponsables, ante los intentos de conseguir un poco de paz.


1 comentarios:
I'm impressed with your site, very nice graphics!
»
Publicar un comentario
Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]
<< Inicio