sobre héroes y tumbas
Los laberintos a los que se enfrenta Martín para tratar de llegar al corazón de Alejandra, los dos principales protagonistas de una -quizás- de las mejores novelas de la historia de la literatura, tienen tantos recovecos y tantas zonas de sombra que sólo los ciegos se muestran cómodos en su trayecto. De ellos es este mundo que nos muestra el genio de Sabato.
Por una parte Alejandra, como toda la gente cuando la llegas a conocer en profundidad, es todo un ser sinuoso y resbaladizo, complejo y repleto de luces y sombras; es Alejandra una princesa-dragón o un dragón-princesa. Y resulta imposible llegar a conocerla del todo. Ora es dulce y cariñosa como un niño, ora desaparece y te ciñe en un mar de silencios donde las preguntas quedan sin responder. Y ningún ser humano puede llegar a encontrarla ni a conocerla del todo.
El Buenos Aires que se dibuja en la novela, con sus barrios ricos venidos a menos, sus mansiones abandonadas, sus bares y cafés repletos de melancolía y sus parques apagados y silenciosos, es propiedad de los que manejan los hilos, de los que lo mueven todo, de los que deciden el destino de la gente que habla de fútbol. Y éstos son los ciegos.
Son ciegos porque su mundo está oscuro; porque no ven ni quieren ver, porque no les importa mirar lo que está pasando. Como en aquella otra maravilla de Saramago, Ensayo sobre la ceguera, es mejor no contemplar las miserias del ser humano: el que logra ver, se horroriza. Y preferiría ser uno más de la masa que se acomoda en su mundo sin luz.
Y, sin embargo, alguien tiene que ver la luz ténue al final del laberinto, aquella puerta lejana de la esperanza. Alguien debe caminar sin miedo en ese vericueto de sombras, donde es fácil tropezar con la pared infinidad de veces. Donde es sencillo caer. Donde, como aquel Martín maravillosamente enamorado de la ausente Alejandra, vale la pena llegar al final. Aunque sólo sea para ocupar su corazón por un instante fugaz. Aunque sólo sea para enseñar el camino a los que vendrán detrás. Aunque sólo sea para seguir queriéndola.
Por una parte Alejandra, como toda la gente cuando la llegas a conocer en profundidad, es todo un ser sinuoso y resbaladizo, complejo y repleto de luces y sombras; es Alejandra una princesa-dragón o un dragón-princesa. Y resulta imposible llegar a conocerla del todo. Ora es dulce y cariñosa como un niño, ora desaparece y te ciñe en un mar de silencios donde las preguntas quedan sin responder. Y ningún ser humano puede llegar a encontrarla ni a conocerla del todo.
El Buenos Aires que se dibuja en la novela, con sus barrios ricos venidos a menos, sus mansiones abandonadas, sus bares y cafés repletos de melancolía y sus parques apagados y silenciosos, es propiedad de los que manejan los hilos, de los que lo mueven todo, de los que deciden el destino de la gente que habla de fútbol. Y éstos son los ciegos.
Son ciegos porque su mundo está oscuro; porque no ven ni quieren ver, porque no les importa mirar lo que está pasando. Como en aquella otra maravilla de Saramago, Ensayo sobre la ceguera, es mejor no contemplar las miserias del ser humano: el que logra ver, se horroriza. Y preferiría ser uno más de la masa que se acomoda en su mundo sin luz.
Y, sin embargo, alguien tiene que ver la luz ténue al final del laberinto, aquella puerta lejana de la esperanza. Alguien debe caminar sin miedo en ese vericueto de sombras, donde es fácil tropezar con la pared infinidad de veces. Donde es sencillo caer. Donde, como aquel Martín maravillosamente enamorado de la ausente Alejandra, vale la pena llegar al final. Aunque sólo sea para ocupar su corazón por un instante fugaz. Aunque sólo sea para enseñar el camino a los que vendrán detrás. Aunque sólo sea para seguir queriéndola.

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