la casa de las bellas durmientes
Ayer, día ocho de marzo, no pensaba salirme del guión. Pensaba escribir sobre la casa de las bellas durmientes, la deliciosa novela de Yasunari Kawabata. Una obra sobre la soledad de las soledades que nos describe un hotel para solitarios, un hogar comprado por horas donde, los hombres que se sienten solos, van a dormir acompañados de bellas señoritas, sin rostro y sin presente, para, al menos, sentir el calor de un cuerpo en la soledad de la noche. Y solamente dormir. Y ellas solamente acompañan. Calladamente. Sin ánimo de nada. Sin ganas de nada. Sólo el de acompañar a viejos solitarios en su descanso nocturno.
Iba a escribir sobre Kawabata, insisto, en una especie de reflexión en voz alta sobre el papel que ha jugado -y está jugando- la mujer en esta y en muchas otras sociedades donde -desafortunadamente- no se sabe respetar al otro.
Iba a comentar algo sobre eso y pensé: a quien no se respeta es al que se ve más débil. Al que se ve más débil físicamente. Al que menos tiene. Al que molesta porque está enfermo. Al que no ha tenido la fortuna de ser un triunfador en la vida. Al que está mayor. En esta sociedad de hoy en día no discriminamos por el mero hecho de la religión, el sexo o la raza. Discriminamos por el dinero. Tanto tienes, tanto vales. No debería existir ningún ocho de marzo. Nos hemos convertido todos en unos hipócritas y yo ya estoy harto de que el más fuerte tenga que aplastar siempre al más débil. Y sólo nos acordamos de ello cuando nos dicen que tenemos que celebrar algo.
Iba a escribir sobre Kawabata, insisto, en una especie de reflexión en voz alta sobre el papel que ha jugado -y está jugando- la mujer en esta y en muchas otras sociedades donde -desafortunadamente- no se sabe respetar al otro.
Iba a comentar algo sobre eso y pensé: a quien no se respeta es al que se ve más débil. Al que se ve más débil físicamente. Al que menos tiene. Al que molesta porque está enfermo. Al que no ha tenido la fortuna de ser un triunfador en la vida. Al que está mayor. En esta sociedad de hoy en día no discriminamos por el mero hecho de la religión, el sexo o la raza. Discriminamos por el dinero. Tanto tienes, tanto vales. No debería existir ningún ocho de marzo. Nos hemos convertido todos en unos hipócritas y yo ya estoy harto de que el más fuerte tenga que aplastar siempre al más débil. Y sólo nos acordamos de ello cuando nos dicen que tenemos que celebrar algo.


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