historia de la eternidad
Cuenta Jorge Luis Borges en su historia de la eternidad que existe una forma de pensamiento en Asia que niega el presente, y que resume su filosofía de vida y de ver las cosas con la siguiente frase: "la naranja, o está en el árbol, o está en el suelo. Nadie la ve caer".
No he tenido tiempo de revisar antes de mi escrito el mentado ensayo de Borges, pero, desde que lo leí, he pensado mucho en esa frase que resume, no sólo la filosofía hindú que referencia el escritor argentino, sino nuestra forma de hacer las cosas en la actualidad. Vamos tan rápidos que no valoramos el presente ni lo saboreamos, pero tampoco planificamos el futuro. Así, siguiendo con el símil, tiramos la naranja al suelo de tal manera que no tenemos tiempo siquiera de recogerla, y se pudre siempre, sin remisión.
Ayer leí en la prensa que, ante la proliferación de vuelos y escalas, compañías aéreas y aviones en el cielo, todo por llegar unos minutos antes, con unas horas de antelación sin hacer ni escalas, para no perder tiempo, estamos contaminando la atmósfera de tal manera que en cuarenta años no se podrá ver el universo desde la tierra. Lo primero que pensé, mirando a mi hijo de siete meses, fue: "Rubén, se acabaron las noches románticas. Esas en las que los jóvenes de antes nos tumbábamos en la arena de la playa a contemplar las estrellas y a charrar". Porque si, el hielo se dehiela, y el mar se llena de petróleo, arrancamos el Amazonas como la piel a jirones, convertimos los vergeles en desierto y acabamos con el agua, y, además, apagamos las estrellas en la noche, de tanta rapidez y de tanto vuelo, no sé que les va a quedar a nuestros hijos, ni a los hijos de nuestros hijos.
Y no he querido hablar de la agricultura de esta huerta nuestra que nos estamos cargando: "La naranja, o está en el árbol, o está en el suelo. Nadie la va a recoger", que dirían por acá.
No he tenido tiempo de revisar antes de mi escrito el mentado ensayo de Borges, pero, desde que lo leí, he pensado mucho en esa frase que resume, no sólo la filosofía hindú que referencia el escritor argentino, sino nuestra forma de hacer las cosas en la actualidad. Vamos tan rápidos que no valoramos el presente ni lo saboreamos, pero tampoco planificamos el futuro. Así, siguiendo con el símil, tiramos la naranja al suelo de tal manera que no tenemos tiempo siquiera de recogerla, y se pudre siempre, sin remisión.
Ayer leí en la prensa que, ante la proliferación de vuelos y escalas, compañías aéreas y aviones en el cielo, todo por llegar unos minutos antes, con unas horas de antelación sin hacer ni escalas, para no perder tiempo, estamos contaminando la atmósfera de tal manera que en cuarenta años no se podrá ver el universo desde la tierra. Lo primero que pensé, mirando a mi hijo de siete meses, fue: "Rubén, se acabaron las noches románticas. Esas en las que los jóvenes de antes nos tumbábamos en la arena de la playa a contemplar las estrellas y a charrar". Porque si, el hielo se dehiela, y el mar se llena de petróleo, arrancamos el Amazonas como la piel a jirones, convertimos los vergeles en desierto y acabamos con el agua, y, además, apagamos las estrellas en la noche, de tanta rapidez y de tanto vuelo, no sé que les va a quedar a nuestros hijos, ni a los hijos de nuestros hijos.
Y no he querido hablar de la agricultura de esta huerta nuestra que nos estamos cargando: "La naranja, o está en el árbol, o está en el suelo. Nadie la va a recoger", que dirían por acá.


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