los renglones torcidos de dios
Suele suceder que, de pronto, un suceso, nos hace girar la mirada hacia la otra realidad; hacia esas otras vidas que, muy cerca de la nuestra, viven en un mundo paralelo, olvidado y lamentable. Sucede que, en esas ocasiones, nos lamentamos todos y pensamos, cómo puede suceder esto en el siglo que estamos, obviando la mayor de que no todos estamos en el mismo tiempo, ni en el mismo lugar, ni gozamos siquiera del mínimo privilegio de vivir con dignidad.
Cuento esto a propósito del incendio que ayer mató a cinco personas tullidas que no se podían mover de la cama en la residencia de San Lorenzo de Brindis, en Massamagrell. Imagino la escena y me provoca terror: cinco abuelos postrados en la cama, algunos de ellos discapacitados psíquicos, en su mundo que no entenderemos, y otros, simplemente inmóviles, tumbados en la cama, pensando en su nieto que perdieron, o yo qué sé, o en lo mal que le sabe que no vayan a verlo sus hijos. Cinco abuelos postrados - decía- y el incendio que se provoca. Uno de ellos, que todavía tiene entendimiento para no entender porqué lo dejaron allá abandonado, ve cómo el fuego se extiende. Pero no se puede mover. Y allí, por supuesto no hay nadie. Y el fuego avanza. Y el loco de al lado grita como un animal. Y allí no hay nadie. Y supongo que el humo les pudo asfixiar antes de quemarse vivos. Pero el caso es que, como a ellos, abandonamos a nuestros trastos inservibles y tratamos de olvidarlos. Hasta que se pegan fuego.
Y es que, en nuestro mundo, dios escribe sus páginas con los renglones torcidos. Como en la maravillosa novela de Torcuato Luca de Tena, nos adentramos en ese otro mundo que convive al otro lado de la manzana y empezamos a comprender sus entresijos, sus reglas, y acabamos preguntándonos quién es el loco: aquel que perdió la razón porque le atropellaron a su niño, o aquel otro que, sintiendo la molestia de tener que atenderle, lo abandonó en una cama para olvidarlo hasta que un día muere pasto de las llamas y el suceso, y sólo el suceso, hace que pase al umbral de lo que nos interesa. A nuestro mundo.
Cuento esto a propósito del incendio que ayer mató a cinco personas tullidas que no se podían mover de la cama en la residencia de San Lorenzo de Brindis, en Massamagrell. Imagino la escena y me provoca terror: cinco abuelos postrados en la cama, algunos de ellos discapacitados psíquicos, en su mundo que no entenderemos, y otros, simplemente inmóviles, tumbados en la cama, pensando en su nieto que perdieron, o yo qué sé, o en lo mal que le sabe que no vayan a verlo sus hijos. Cinco abuelos postrados - decía- y el incendio que se provoca. Uno de ellos, que todavía tiene entendimiento para no entender porqué lo dejaron allá abandonado, ve cómo el fuego se extiende. Pero no se puede mover. Y allí, por supuesto no hay nadie. Y el fuego avanza. Y el loco de al lado grita como un animal. Y allí no hay nadie. Y supongo que el humo les pudo asfixiar antes de quemarse vivos. Pero el caso es que, como a ellos, abandonamos a nuestros trastos inservibles y tratamos de olvidarlos. Hasta que se pegan fuego.
Y es que, en nuestro mundo, dios escribe sus páginas con los renglones torcidos. Como en la maravillosa novela de Torcuato Luca de Tena, nos adentramos en ese otro mundo que convive al otro lado de la manzana y empezamos a comprender sus entresijos, sus reglas, y acabamos preguntándonos quién es el loco: aquel que perdió la razón porque le atropellaron a su niño, o aquel otro que, sintiendo la molestia de tener que atenderle, lo abandonó en una cama para olvidarlo hasta que un día muere pasto de las llamas y el suceso, y sólo el suceso, hace que pase al umbral de lo que nos interesa. A nuestro mundo.

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