crash
Quizá sea el momento en que todos debamos fijarnos en el mundo que nos presenta Crash. En un ambiente multiracial y multicultural, donde hasta el idioma es un impedimento para la comprensión entre los personajes que desfilan por las calles de la ciudad de Los Ángeles, o por cualquier ciudad, nada es blanco ni negro, todo se viste de matices diversos.
Como observaba ya el emperador Adriano de Margeritte Yourcernare, "los hombres más opacos emiten algún resplandor: ese asesino toca bien la flauta, ese contramaestre que desgarra a latigazos la espalda de sus esclavos es quizá un buen hijo...". Aquí cada cual carga con sus prejuicios y con sus complejos, con sus buenas intenciones y con sus culpas. Y al final, sólo la colisión de unos con otros, sólo sus roces en las anónimas calles, provoca que se pongan a reflexionar con claridad sobre qué estamos haciendo con la vida de tanta gente que se desgasta en este gran mundo.
El indio que regenta un pequeño comercio cree que el negro afroamericano que le cambia la cerradura le va a timar, el chino que representa a la multinacional del seguro se siente mal por el papel que le ha tocado jugar. El blanco policía que abusa de su poder, cuida con mimo la enfermedad de su padre. El que, cargado de buenas intenciones, sube a un autoestopista para demostrarle su buena fe, acaba matándolo. Como en la vida, nada es lo que parece en Crash y las cosas suceden a veces más por lo que pensamos que piensan los demás que por lo que pensamos nosotros mismos.
Y de pronto, en una maravillosa escena que me recuerda al desenlace de Magnolia, todas las vidas se cruzan y todos colisionan. Y como en el big bang, de la gran colisión surge la vida nueva, la esperanza nueva, el milagro de la niña con su coraza invisible. Y todo vuelve a empezar. Y tenemos, de nuevo, la oportunidad de tratar mejor a los demás, de no dejarnos llevar por nuestros prejuicios. Y tenemos una nueva oportunidad para cambiar las cosas.
Como observaba ya el emperador Adriano de Margeritte Yourcernare, "los hombres más opacos emiten algún resplandor: ese asesino toca bien la flauta, ese contramaestre que desgarra a latigazos la espalda de sus esclavos es quizá un buen hijo...". Aquí cada cual carga con sus prejuicios y con sus complejos, con sus buenas intenciones y con sus culpas. Y al final, sólo la colisión de unos con otros, sólo sus roces en las anónimas calles, provoca que se pongan a reflexionar con claridad sobre qué estamos haciendo con la vida de tanta gente que se desgasta en este gran mundo.
El indio que regenta un pequeño comercio cree que el negro afroamericano que le cambia la cerradura le va a timar, el chino que representa a la multinacional del seguro se siente mal por el papel que le ha tocado jugar. El blanco policía que abusa de su poder, cuida con mimo la enfermedad de su padre. El que, cargado de buenas intenciones, sube a un autoestopista para demostrarle su buena fe, acaba matándolo. Como en la vida, nada es lo que parece en Crash y las cosas suceden a veces más por lo que pensamos que piensan los demás que por lo que pensamos nosotros mismos.
Y de pronto, en una maravillosa escena que me recuerda al desenlace de Magnolia, todas las vidas se cruzan y todos colisionan. Y como en el big bang, de la gran colisión surge la vida nueva, la esperanza nueva, el milagro de la niña con su coraza invisible. Y todo vuelve a empezar. Y tenemos, de nuevo, la oportunidad de tratar mejor a los demás, de no dejarnos llevar por nuestros prejuicios. Y tenemos una nueva oportunidad para cambiar las cosas.

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