las áfricas
Al principio de los tiempos, cuenta García Márquez, Macondo era tan antiguo que las cosas no tenían nombre, y para hacer referencia a ellas, éstas tenían que ser señaladas con el dedo.
He tenido la ocasión, este fin de semana, de leer un previo del libro de reportajes Las Áfricas, en el que el periodista de La Vanguardia Bru Rovira recoge algunos de sus escritos sobre la difícil realidad africana. Me he acercado a ese libro, insisto, y, de inmediato, un destacado del reportaje me revuelve las entrañas: "los refugiados no ponían nombre a sus recién nacidos hasta que cumplían un año y demostraban que eran capaces de vivir".
El grandísimo abismo que nos separa de los países del Sur, en ocasiones, se hace más visible por los detalles más pequeños. Acá, mi hijo ya tenía nombre seis meses antes de nacer: se le esperaba bien, sano, repleto de vitalidad y repleto de artilugios materiales de escaso valor verdadero. La angustia vital de las áfricas se demuestra en la incertidumbre sobre la propia supervivencia. Allá, hasta vivir es un milagro demasiado poco frecuente. Por eso, a los niños, no quieren ni nombrarlos hasta que no se aseguran de que saldrán adelante.
Y yo les entiendo: buscar un nombre a una persona ya significa quererla demasiado. En una canción maravillosa de Quique González, interpretada en primera instancia por el añorado Enrique Urquijo, Aunque tú no lo sepas, él le dice a ella que la quiere con tanta intensidad que hasta "he inventado tu nombre". Y es que inventarse el nombre de alguien es como hacerlo tuyo un poco, tener un secreto suyo, poseerlo de alguna manera. Cuando queremos a alguien nos volvemos un poco egoístas y pretendemos tener algo en exclusiva con ellos. Por eso, nos inventamos el nombre de la persona amada y por eso, en las áfricas, no quieren soportar el dolor de perder, casi seguro, a alguien a quien han tomado demasiado cariño, al que han querido demasiado.
Y vuelvo a Macondo y veo que, en cierta manera, en los campamentos de refugiados del África, a los niños menores de un año los queremos tan poco, nos importan tan poco, que no les ponemos ningún nombre y para dirigirnos a ellos los tenemos que señalar con el dedo. Y entonces creo que nuestra responsabilidad desde el Norte debería hacernos ir allí y comenzar a ponerles nombres a todos.
He tenido la ocasión, este fin de semana, de leer un previo del libro de reportajes Las Áfricas, en el que el periodista de La Vanguardia Bru Rovira recoge algunos de sus escritos sobre la difícil realidad africana. Me he acercado a ese libro, insisto, y, de inmediato, un destacado del reportaje me revuelve las entrañas: "los refugiados no ponían nombre a sus recién nacidos hasta que cumplían un año y demostraban que eran capaces de vivir".
El grandísimo abismo que nos separa de los países del Sur, en ocasiones, se hace más visible por los detalles más pequeños. Acá, mi hijo ya tenía nombre seis meses antes de nacer: se le esperaba bien, sano, repleto de vitalidad y repleto de artilugios materiales de escaso valor verdadero. La angustia vital de las áfricas se demuestra en la incertidumbre sobre la propia supervivencia. Allá, hasta vivir es un milagro demasiado poco frecuente. Por eso, a los niños, no quieren ni nombrarlos hasta que no se aseguran de que saldrán adelante.
Y yo les entiendo: buscar un nombre a una persona ya significa quererla demasiado. En una canción maravillosa de Quique González, interpretada en primera instancia por el añorado Enrique Urquijo, Aunque tú no lo sepas, él le dice a ella que la quiere con tanta intensidad que hasta "he inventado tu nombre". Y es que inventarse el nombre de alguien es como hacerlo tuyo un poco, tener un secreto suyo, poseerlo de alguna manera. Cuando queremos a alguien nos volvemos un poco egoístas y pretendemos tener algo en exclusiva con ellos. Por eso, nos inventamos el nombre de la persona amada y por eso, en las áfricas, no quieren soportar el dolor de perder, casi seguro, a alguien a quien han tomado demasiado cariño, al que han querido demasiado.
Y vuelvo a Macondo y veo que, en cierta manera, en los campamentos de refugiados del África, a los niños menores de un año los queremos tan poco, nos importan tan poco, que no les ponemos ningún nombre y para dirigirnos a ellos los tenemos que señalar con el dedo. Y entonces creo que nuestra responsabilidad desde el Norte debería hacernos ir allí y comenzar a ponerles nombres a todos.


1 comentarios:
Lástima que tu cultura musical sea mucho más pobre que la literaria. En mi opinión, tus referencias en este sentido no están a la altura de tus reflexiones, que por otro lado son excelentes.
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