lunes, abril 3

la sombra del viento

Las calles de la Barcelona que nos describe la sombra del viento tienen una luz diferente y especial: ellas son testigo mudo de muchas de las cosas importantes de la novela. Podemos olerlas, escuchar los pasos de alguien que se acerca por la noche, perdernos en su bruma, contemplar el beso de aquella pareja en el banco de la plaza. De hecho, uno de los personajes más lúcidos de la genial historia de Ruiz Zafón, Fermín Romero de Torres, sale de la calle, vive en la calle, ha aprendido de la calle. Es un mendigo sabio al que su historia le ha llevado hasta su lugar en los soportales. Y tiene muchas cosas que contar.
Me ha venido esto al pensamiento haciendo una reflexión sobre los mendigos. Cuando yo era pequeño, les tenía miedo: eran personas apagadas y oscuras, que sobrevivían a los avatares del mundo, expuestos al frío, a la lluvia y a los peligros que nos acechan tras cualquier esquina sin siquiera inmutarse. No tenían nada que perder. Una de las características del miedo es que uno teme al que piensa que no lo tiene. En Kenia, los Masai Mara transitan entre la sabana con sus largos y vistosos trajes rojos. Si les preguntas si no tienen miedo de que les salga un león, ellos dicen que van de rojo para advertir a los leones de que el miedo lo deben tener ellos. Y los leones les temen. Pues algo así pasaba para mí con los mendigos.
Ruiz Zafón profundiza sobre ellos a través de su personaje con nombre de torero: los mendigos no crecen en las aceras por generación espontánea, sino que tienen una historia detrás. Antes tuvieron familia, construyeron sus sueños e incluso se llegaron a enamorar. Y es así como se recupera a Fermín Romero de Torres para la vida corriente. La nuestra.
Parece una obviedad, pero estoy convencido que, la sombra del viento aparte, pocas veces nos damos cuenta de las historias que existen detrás de la gente que vive en la calle. A mí, de pequeño, me daban miedo. Pero es que a la juventud de ahora los mendigos les dan risa, les molestan. Creyentes de que no tienen historia detrás ni nadie que les reclame ni les eche en falta, los adolescentes de ahora se divierten, tras el botellón, prendiéndoles fuego o pegándoles palizas para grabarlas con el móvil de última generación. Si supieran cuántos Fermín Romero de Torres se encuentran detrás de esas mantas roídas y esas cajas de cartón que les protejen del viento, quizás les tendrían un poco más de respeto. Si aprendiéramos a ver la historia que hay detrás de las cosas, el mundo no sería tal y como es, sino como debería ser.

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