el cuento del mono titiritero
Una de las cosas que recuerdo con más agrado de mi infancia era el momento en que, arropado en la cama y bien calentito, antes de dormir, mi abuelita se sentaba a mi lado para contarme cuentos. Digo cuentos porque supongo que habría muchos, no lo sé, al menos uno por cada noche de la semana, pero lo bien cierto es que, en mi madurez, sólo recuerdo uno, el cuento del mono titiritero.
Ahora, cuando soy yo el que, pase lo que pase, me siento al regazo de mi hijo Rubén para ayudarle a soñar con cuentos maravillosos, me encuentro con la paradoja de que, por mucha inventiva que le quiera poner, mi hijo me reclama todas las noches que le cuente el mismo cuento, y no es otro que el del mono titiritero.
Supongo que ocurre que a los niños les encanta la seguridad y sentir que controlan la situación, por lo que prefieren escuchar siempre una historia que ya conocen, aunque también pueden ser cosas de la genética, y mi pasado sea ahora su presente.
Al fin y al cabo, nuestra historia se repite circularmente como en Cien años de Soledad, y parece dar vueltas sobre sí misma: siempre los mismos buenos propósitos, los mismos objetivos que no llegamos a cumplir, los mismos temores, los mismos fallos y los mismos arrepentimientos: por mi culpa, por mi culpa, por mi santísima culpa... Hemos inventado fórmulas para hacer más llevadero este mundo que discurre como en una espiral, y una de esas cosas son los sueños. Y contar cuentos, ayuda a tenerlos.
Cuando era pequeño anhelaba que llegara la noche para que mi abuelita me contara los cuentos y ahora anhelo que llegue para contárselos a mi hijo Rubén. Cuestión de genética o de este mundo que no para de dar vueltas.
Ahora, cuando soy yo el que, pase lo que pase, me siento al regazo de mi hijo Rubén para ayudarle a soñar con cuentos maravillosos, me encuentro con la paradoja de que, por mucha inventiva que le quiera poner, mi hijo me reclama todas las noches que le cuente el mismo cuento, y no es otro que el del mono titiritero.
Supongo que ocurre que a los niños les encanta la seguridad y sentir que controlan la situación, por lo que prefieren escuchar siempre una historia que ya conocen, aunque también pueden ser cosas de la genética, y mi pasado sea ahora su presente.
Al fin y al cabo, nuestra historia se repite circularmente como en Cien años de Soledad, y parece dar vueltas sobre sí misma: siempre los mismos buenos propósitos, los mismos objetivos que no llegamos a cumplir, los mismos temores, los mismos fallos y los mismos arrepentimientos: por mi culpa, por mi culpa, por mi santísima culpa... Hemos inventado fórmulas para hacer más llevadero este mundo que discurre como en una espiral, y una de esas cosas son los sueños. Y contar cuentos, ayuda a tenerlos.
Cuando era pequeño anhelaba que llegara la noche para que mi abuelita me contara los cuentos y ahora anhelo que llegue para contárselos a mi hijo Rubén. Cuestión de genética o de este mundo que no para de dar vueltas.


3 comentarios:
M'he quedat en ganes de coneixer el conte.
El text m'ha fet recordar moments de la meva infància. Mon pare també tenia un conte que jo escoltava cada nit abans de dormir. Tal vegada jo li'l contaré als meus fills algún dia.
Érase una vez, en una lejana isla repleta de frutas, en la palmera más alta, vivía un mono, el mono titiritero. El mono era feliz en su isla, y se pasaba el día cantando su canción favorita: "yo soy el mono titiritero, soy el más listo del mundo entero"...
Un día se acercó por la orilla una gran ballena negra. Se quedó mirando al mono que cantaba su canción en lo alto de la palmera, le dijo: no te aburres todo el día ahí arriba, te propongo que subas a mi lomo y te lleve a ver otras islas, otros lugares que aún no conoces. El mono, que no se fiaba de la propuesta de la ballena porque no sabía nadar y en el mar estaría a expensas de ella, aceptó sin embargo. Le podía la curiosidad y, en efecto, estaba muy aburrido todo el día en su isla. Así que partieron.
Cruzaron océanos, vieron delfines y tortugas de mar. De pronto, a lo lejos, vieron otra isla, mucho más grande que la del mono. Pero al acercarse a la orilla, el mono pudo escuchar una voz que se escuchaba a lo lejos como en un bando: "Atención, recordamos a todos los ciudadanos de esta isla que la reina está muy enferma, y necesita para curarse el corazón de un mono. El que lo traiga, recibirá una recompensa". Entonces, el mono comprendió las verdaderas intenciones de la ballena, pero sin dejarle tiempo a reaccionar, le dijo: "qué lástima, daría mi vida para salvar a vuestra reina, pero me dejé el corazón con mis cosas en lo alto de la palmera". La ballena, ingenua, creyó al mono. Dieron media vuelta, cruzaron los océanos, y, al fin, llegaron a la isla del mono. Este se bajó de un salto, y subiéndose ràpidamente a lo más alto de su palmera, le dijo a la ballena: "no voy a dar mi vida por tu reina ni por nadie. Y deberías saber que mi corazón siempre viene conmigo, pero no estoy dispuesto a que me vendas a nadie". Y se puso a cantar su canción favorita:"yo soy el mono titiritero, soy el más listo del mundo entero"...
Y colorín colorado, ste cuento se ha acabado. O compte contat, compte acabat.
Gracias por esta bonita historia.
Publicar un comentario
Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]
<< Inicio