martes, abril 25

ensayo sobre la ceguera

He tenido que repasar todas las entradas de mi blog para asegurarme de que no me repetía, que no había nombrado, en mis reflexiones casi diarias, la fenomenal novela de Saramago. Es extraño. A veces sucede que, como uno piensa más de lo que escribe, se cree que ya ha hablado de algo y no. Fue en mis sueños de escritor. Así que hoy le toca el turno a una novela diferente y ejemplar, escrita con la magia del autodidacta y planteada como una historia irreal, pero demasiado posible. Demasiado cruda. Tanto, que hoy cobra de nuevo sentido. Como tantos otros días.
De pronto, en mitad de un atasco de tráfico en la gran ciudad, un conductor desesperado se queda ciego. La cosa no quedaría más que en una anécdota y en un follón monumental si no fuera porque, poco a poco, en otros lugares de la ciudad, la epidemia se extiende sin conexión aparente y cientos de ciudadanos van perdiendo la capacidad de ver. Las autoridades, al principio, tratan de aislar el problema y, tal y como contaban que hacían con los leprosos cuando los metían en islas, encierran a los ciegos en un viejo hospital. Pero pronto comienzan a haber más ciegos fuera que dentro, y la ciudad se convierte en un peregrinar de gente sin luz, en unas tinieblas donde, unos van detrás de la manada sin saber qué hacer ante su imposibilidad de ver, y otros, los más espabilados, se aprovechan vilmente de la ceguera de los demás para matar, extorsionar, robar alimentos y enriquecerse, aunque el dinero, en un mundo de ciegos, ha perdido todo su valor.
Ensayo sobre la ceguera resulta edificante y actual por las dos actitudes contadas en la novela: los unos, por seguir al rebaño sin plantearse siquiera su capacidad de ver. Cuánta gente ha firmado para que España no se rompa contra el estatut catalán, sin saber lo que hacía; por lo que firmaba el vecino; sin conocer qué era lo que se estaba planteando en realidad. Parece mentira: cuando alguien recoje firmas contra algo, la gente se lanza a firmar sin dar importancia a su capacidad de ser. La firma es algo intransferible. Algo personal. Es la identidad de uno. ¿Cuánta gente no la tiene, no la valora ni quiere ejercerla?. Le ponen delante un papel, y firman. Y ya está. Hasta ahí llega su ceguera. Su concepción de sí mismo.
Pero peor son los otros. Aquellos que no ven pero hacen como si vieran. Aquellos que aprovechan su situación de privilegio para engañar a los demás, para aprovecharse de ellos, para conseguir poder y enriquecerse. Siempre es lo mismo. Los ciegos y los que dominan a los ciegos. El poder y el dinero. Los valores de quienes lo quieren conseguir a costa de lo que sea. A esos no les importa que la gente no vea. Así mejor. La oscuridad y las tinieblas son el territorio por donde mejor se menean. Y a quien enciende la luz quieren cortarle la mano y las ganas de seguir intentándolo.

1 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

Leí "Historia sobre la ceguera" despues de que tu me la contases(eres un cuentacuentos estupendo y además la historia se lo merecía).Y de ese libro saque varias ideas que desde entonces me rondan, algunas de ellas coinciden con las que tu cuentas, pero hay otra de la que no hablas y que la veo y la siento cada día de mi vida: ¡qué miserables somos cuando nadie nos ve!, ¡qué miserables podemos llegar a ser cuando nadie, nadie, se va a enterar de lo que hacemos!.
En la vida real la imposibilidad que tenemos los ciudadanos de ver-enterarse de las cosas, hace de algunos unos miserables.
Me ha encantado tu blog de hoy.

17:46:00  

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