en busca de bobby fischer
Hace ya días que murió el genial y enigmático Bobby Fischer. De él nos han enseñado en los últimos años unas fotos que parecen repetidas: un hombre grande y abandonado, con pantalones vaqueros, una gorra, unas sandalias con calcetines y su pelo largo, lacio, desordenado, y su barba casi indecente. Y poco más sabemos de su vida: huía constantemente, era antisocial, y había perdido casi el contacto con la realidad. Fischer representa casi exactamente lo que entendemos por un genio, pero, de ellos, quiero incidir en un aspecto que considero crucial para que aprendamos a vivir en el nuevo mundo: su total desapego por las cosas materiales, su repugnancia a los actos sociales y a todo lo que significa aparentar.
Quizás ellos lo hayan visto desde otra óptica, como los niños: jamás se preocuparon del qué dirán, nunca creen que lo material es lo más importante. Para mi hijo el mejor regalo no se puede comprar. es el tiempo que puede estar conmigo. A Fischer poco le importaron los laureles y las palmadas en su espalda. A su entierro, por estricto deseo suyo, no fueron invitados ni algunos de los familiares más cercanos. Tampoco le preocupó su dinero. Quizá lo único que le hizo feliz fue el ajedrez, o quizá no. Alguno de sus únicos amigos ha confesado que le encantaba sentarse a hablar con él. Es una actitud de la que hemos de aprender. Aunque nos digan que fue un loco. Porque quizá nos lo pintan así porque al sistema no le interesan los héroes como Bobby Fischer. En mi nuevo mundo sería, si él quisiera, presidente de la república. Me gustaría que aprendiéramos a seguir buscando lo bueno de Bobby Fischer...
Quizás ellos lo hayan visto desde otra óptica, como los niños: jamás se preocuparon del qué dirán, nunca creen que lo material es lo más importante. Para mi hijo el mejor regalo no se puede comprar. es el tiempo que puede estar conmigo. A Fischer poco le importaron los laureles y las palmadas en su espalda. A su entierro, por estricto deseo suyo, no fueron invitados ni algunos de los familiares más cercanos. Tampoco le preocupó su dinero. Quizá lo único que le hizo feliz fue el ajedrez, o quizá no. Alguno de sus únicos amigos ha confesado que le encantaba sentarse a hablar con él. Es una actitud de la que hemos de aprender. Aunque nos digan que fue un loco. Porque quizá nos lo pintan así porque al sistema no le interesan los héroes como Bobby Fischer. En mi nuevo mundo sería, si él quisiera, presidente de la república. Me gustaría que aprendiéramos a seguir buscando lo bueno de Bobby Fischer...

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