en defensa de la felicidad
Cada vez estoy más convencido de que existe quien busca la felicidad en las cosas más sencillas de la vida y hay quien se empeña en no encontrarla nunca. Aquejados del mal del eterno sufridor, del constantemente agraviado, creen hacer de la desdicha una virtud, una manera de llamar la atención de los demás sobre sí mismos, y, por mucho que tengan, jamás se sienten mínimamente felices.
Cada vez estoy más convencido de que la felicidad es una actitud, un mirar hacia adentro, un reconocer lo que somos y lo que no podemos llegar a ser. He conocido a gente que se lamentaba por no ser o por no tener y a gente que se sentía feliz de los abrazos que le había dado su hijo. He conocido a gente que se empeñaba en amargar la existencia a los demás, y a gente que, con sólo verla, ya te hace feliz. Y es que los momentos más felices no se pueden retener en una caja de oro.
Cada vez estoy más convencido de que el verbo ser es incompatible a tener, y que sólo se puede tener aquello que no se puede coger con las manos. A excepción de un buen abrazo.
El libro de Matthieu Ricard es indispensable. Un tratado sobre lo que somos y lo que podemos ser. Una invitación a mirar hacia nuestro interior. ¿De qué nos quejamos?.

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