lunes, abril 10

una cuestión personal

Cuenta Kenzaburo Oé que comenzó a escribir ante la necesidad de describir el sufrimiento de un pez en el anzuelo. Ante la vista repetida del dolor que sentía un pez al ser atrapado por un pescador, en sus movimientos infructuosos por deshacerse de su trampa mortal y su incapacidad de respirar fuera del agua, el autor japonés no tuvo más remedio que describir la barbarie, intentar dar voz al sufrimiento callado, ofrecer su capacidad de comunicar a aquellos que no la tenían. Aunque fueran peces.
Áños más tarde, y debido al fatal desenlace del nacimiento de su hijo, al que una operación de urgencia nada más nacer le trastocó el cerebro y le provocó una grave minusvalía psíquica, Kenzaburo Oé marchó a Hirosima, para buscar en el dolor de todo un pueblo y en los resquicios del drama una explicación al dolor que él sentía. Y, cuenta, regresó de Hirosima convencido de que sólo la lucha diaria y la comunicación íntima con su querido hijo, acabarían con su dolor.
La actitud vital del nobel japonés, y su empatía con los desfavorecidos y aquellos que no tienen voz, contrasta con la actitud que observamos todos los días en nuestro mundo. Aquí, el que no tiene derecho a hablar es aplastado por los demás, es ninguneado, olvidado y denostado. Aquí nadie se pone en el lugar del otro. Nadie sufre con el dolor del más débil.
Quizá haga falta que ocurra algo extraordinario para que todos comencemos a adoptar la sensibilidad del escritor, la necesidad de escuchar o tratar de escuchar a aquellos que no tienen voz. La necesidad de contemplar el dolor de los demás y saber que, parte de nuestra riqueza y de nuestra felicidad, es parte de la pobreza y la desdicha de otros. Y no podemos quedarnos sentados mirando hacia el otro lado.

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