drácula
"Estimado amigo: le espero con impaciencia". La carta del conde Drácula al prometido de su amor eterno, Mina -su Elisabettha-, Jonathan Harker, no sería tan estremecedora si no supiéramos que el conde llevaba siglos esperando noticias de la reencarnación de su amada. Así, después de cuatrocientos años entre las sombras, en la soledad de su vida eterna, Drácula escribe -por fin- a Harker porque -por fin de nuevo- ha llegado su momento, el esperado tiempo en que ha de reencontrarse con su enamorada. Por eso, después de tantos años, espera con impaciencia; después de haber tenido la paciencia infinita de esperar, Drácula se desespera.
Las cosas ocurren así. Para conseguir grandes logros uno ha de saber esperar sin desesperanza. Ha de saber medir bien los tiempos. Primero, aguantar las críticas de quienes, creyendo que las grandes gestas se pueden conseguir en un día, se lanzan a la feroz tarea de tratar de minar la moral de quien lucha. Después uno ha de pelear contra el hastío, contra la desesperanza y contra la falta de fe en la consecución de su fin. Y ha de saber transmitir esa fuerza de la espera a su equipo. Esperamos para aprender. Para prepararnos a lo que ha de llegar. Para que las cosas estén en su sitio exacto.
Por eso, cuando estamos cerca del objetivo final, es normal que desesperemos. Un escalofrío de nervios recorre nuestro estómago. Un viento cálido eriza nuestra piel. Es la ilusión por la cercanía del triunfo. Porque ya hemos visto el banderín de meta. Porque ya escuchamos la respiración cerca de nuestra amada. Porque sabemos que ha llegado nuestro momento. Esperamos con impaciencia. Como Drácula después de siglos en la oscuridad absoluta.
Las cosas ocurren así. Para conseguir grandes logros uno ha de saber esperar sin desesperanza. Ha de saber medir bien los tiempos. Primero, aguantar las críticas de quienes, creyendo que las grandes gestas se pueden conseguir en un día, se lanzan a la feroz tarea de tratar de minar la moral de quien lucha. Después uno ha de pelear contra el hastío, contra la desesperanza y contra la falta de fe en la consecución de su fin. Y ha de saber transmitir esa fuerza de la espera a su equipo. Esperamos para aprender. Para prepararnos a lo que ha de llegar. Para que las cosas estén en su sitio exacto.
Por eso, cuando estamos cerca del objetivo final, es normal que desesperemos. Un escalofrío de nervios recorre nuestro estómago. Un viento cálido eriza nuestra piel. Es la ilusión por la cercanía del triunfo. Porque ya hemos visto el banderín de meta. Porque ya escuchamos la respiración cerca de nuestra amada. Porque sabemos que ha llegado nuestro momento. Esperamos con impaciencia. Como Drácula después de siglos en la oscuridad absoluta.

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