la invención de morel
En la extraña isla de Villings de Adolfo Bioy Casares, Morel inventó una máquina para que sus únicos habitantes vivieran eternamente, en una especie de película que se repetía día tras día y proyectaba las imágenes de los que vivieron como si aún estuvieran viviendo. Así, su amada, paseaba cada mañana hasta ver el amanecer en la playa, tomaba café, regresaba a la casa, en una ilusión de vida normal que en realidad no existía, y él podía contemplarla para la eternidad.
El otro día me llamó la atención la reflexión de una señora que no se explicaba porqué en esta sociedad nos empeñábamos en luchar para que nuestros mayores vivieran cada vez más tiempo si luego, cuando se hacían viejos, los apartábamos como trastos inservibles y los dejábamos prácticamente abandonados, como le pasaba a Morel con su amada.
Nos empeñamos en vivir hasta la eternidad en una especie de vanidad divina que sobrepasa al ser humano. Nos creemos dioses. Pero en el fondo, nuestros grandes propósitos se desvanecen porque no nos ocupamos del día a día. Buscamos grandes logros para ser felices y, en la dificultad de la búsqueda, nos sentimos desdichados, pero no nos ocupamos de aquellas pequeñas cosas que hacen que nuestros días tengan sentido.
Para mí, afortunadamente, la noticia más importante de la semana es que a Rubén le han salido dos dientes o que ha aprendido a soplar. Y ese soplido es como un milagro; un gran avance, un acontecimiento fundamental. Pero en muchas otras cosas he hecho siempre lo que decía la señora del otro día. Morel acaba de solucionarlo de la manera más sencilla:
"Podría haberles dicho, al llegar: Viviremos para la eternidad. Tal vez lo hubiéramos arruinado todo, forzándonos para mantener una continua alegría. Pensé: cualquier semana que nosotros pasemos juntos, si no sentimos la obligación de ocupar bien el tiempo, será agradable. ¿No fue así?".
El otro día me llamó la atención la reflexión de una señora que no se explicaba porqué en esta sociedad nos empeñábamos en luchar para que nuestros mayores vivieran cada vez más tiempo si luego, cuando se hacían viejos, los apartábamos como trastos inservibles y los dejábamos prácticamente abandonados, como le pasaba a Morel con su amada.
Nos empeñamos en vivir hasta la eternidad en una especie de vanidad divina que sobrepasa al ser humano. Nos creemos dioses. Pero en el fondo, nuestros grandes propósitos se desvanecen porque no nos ocupamos del día a día. Buscamos grandes logros para ser felices y, en la dificultad de la búsqueda, nos sentimos desdichados, pero no nos ocupamos de aquellas pequeñas cosas que hacen que nuestros días tengan sentido.
Para mí, afortunadamente, la noticia más importante de la semana es que a Rubén le han salido dos dientes o que ha aprendido a soplar. Y ese soplido es como un milagro; un gran avance, un acontecimiento fundamental. Pero en muchas otras cosas he hecho siempre lo que decía la señora del otro día. Morel acaba de solucionarlo de la manera más sencilla:
"Podría haberles dicho, al llegar: Viviremos para la eternidad. Tal vez lo hubiéramos arruinado todo, forzándonos para mantener una continua alegría. Pensé: cualquier semana que nosotros pasemos juntos, si no sentimos la obligación de ocupar bien el tiempo, será agradable. ¿No fue así?".

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