lunes, febrero 27

salto mortal

La última y maravillosa novela de Kenzaburo Oé que aún no he acabado de leer nos muestra la perplejidad de un viejo profesor que, de regreso a Tokio después de quince años en el exterior, contempla cómo uno de sus alumnos predilectos forma parte de una extraña secta que pregona el fin del mundo y, en su espiral de locura, va arrastrando a más gente hacia su causa. La visión del profesor es muy clarificadora porque es externa, porque no ha estado involucrada en los procesos ni en la historia de esa ciudad ni de esa secta. De ahí su perplejidad: la distancia le hace ver con más claridad cuál es el problema y cuál es la solución de ese problema.
Siempre se ha dicho que no hay mejor manera de atajar una situación que acudir a visiones objetivas y distantes, en el sentido de que, uno que ha formado parte del conflicto, aunque sea la víctima, no puede -ni está obligado a ello- discernir con tranquilidad. Luego está el asunto de la masificación. Es cierto. Cuando uno se involucra en el grupo los acontecimientos pueden llevarle a lugares a los que no quiso ir o entrar en una espiral de la que nos resulta difícil salir.
Este fin de semana hemos asistido, como el viejo profesor de Oé, a dos actitudes absolutamente repugnantes: en un campo de fútbol, al jugador africano le tratan como a un mono y no cesan de insultarle durante todo el partido. En una manifestación, supuestamente a favor de unas víctimas y en contra de los terroristas, los gritos de los manifestantes desean la muerte por fusilamiento del presidente del gobierno democráticamente elegido y el expresidente que propició una guerra injusta e injustificada por la que han muerto más de 50.000 civiles inocentes ríe a carcajada limpia ante el éxito de su convocatoria, la de la secta del fin del mundo. Un escalofrío recorre mi alma de gaviero. Me da miedo este salto mortal.

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